En Zhangjiajie, la panceta curada con más de dos mil años de historia es, al igual que sus tres millares de cumbres insólitas y sus ochocientos ríos pintorescos, un regalo que traspasa las fronteras del tiempo; una delicia fruto de la sabiduría de los ancestros de estos chinos. La gente expresa los profundos sentimientos que les inspiran los vecinos, la familia y los amigos en los productos curados, infundiéndoles una esencia eterna como el ahumado, dejando huellas de cada almanaque deshojado y destilando el sabor de la vida. Los sabores de la cotidianidad, gracias a estos platos autóctonos, se vuelven más auténticos y conmovedores.
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