Roberto Gilabert Cuenca lo tenía todo, pero con solo un golpe, lo perdió todo. Hasta entonces nunca lo supo, pero la salvación estaba en el amor que desde pequeño tuvo por las artes marciales chinas.
Movido por el agradecimiento, Roberto se trasladó a China. Adaptarse no fue fácil; el idioma, las costumbres, la comida..., China es otro mundo, incluso para alguien que, como él, está enamorado de ella.
En la cuna de esas mismas artes marciales que le significaban una segunda oportunidad, Roberto recuperó la confianza en sí mismo, vio abrir ante sí un nuevo panorama y retomó el camino del éxito.
Fiel a la filosofía que le enseñaron sus maestros de kung fu, persistió en su búsqueda del sueño. Con su habilidad y destreza ya recuperadas, encaró los retos que otros rechazaron. La industria del cine de acción de China necesitaba a alguien como él, y él no se amilanó ante el reto.
Hoy, este maestro de las artes marciales vive en China una nueva vida, realizándose como actor, productor y director, cumpliendo día tras día ese sueño que vino a buscar, viviendo “Una vida de película”.